JUAN PABLO VEGA

Mi nombre es Juan Pablo Vega, nací en 1985 en una familia de clase media de Bogotá, una ciudad que no abandono aunque no me simpatiza mucho. Mi papá, un hombre honrado, silencioso, supremamente trabajador y sobretodo un excelente músico y pianista. Mi mamá, una digna madre Colombiana, de corazón grande, trabajadora y consentidora. Mi hermano mayor, detractor de mis ideas y yo de las suyas, pero por muchos años mi cómplice musical.

A la edad de 4 años recuerdo perfectamente sacar una gasolinera de Fisher Price y usarla como ¨batería¨ para acompañar a mi papá mientras tocaba piano los sábados en el estudio de la casa. Supongo que lo hacía para abstraerse de su rutina de trabajo; me acuerdo mucho de esos momentos porque mi papá nunca me dijo nada, nunca se disgustó, solo seguía tocando y tocando, como dándome carta blanca para que lo siguiera. Esta memoria resume en pocas palabras la libertad con la que fui criado.

Desde que tengo uso de razón, todas las mañanas sonaba algún disco en mi casa; canciones de películas de Disney, artistas gringos que hasta la fecha desconozco, The Beatles, Stevie Wonder, Queen, Boyz II Men, Gaitas Zulianas Venezolanas (no sé por qué), Laura Pausini, Marco Masini, entre otros. Quiero pensar que de algún modo mi papá quería abrir mis oídos a otros sonidos y contrarrestar el gusto metalero y rockero que pegaba por esa época, cosa que por supuesto no consiguió. Lo mío durante mi infancia y adolescencia fue una fascinación absoluta por Slash, James Hetfield, Dimebag Darrell, Joe Perry, las guitarras, los amplificadores, los discos, los videos en VHS, los pedales y Los Supercampeones.

Junto a mi hermano hacíamos lo imposible para descubrir música nueva, difícil de encontrar por aquella época. Era mi primo Manuel quien nos nutría de nuevos sonidos y artistas, y así formábamos bandas para participar en cualquier festival de Rock que tuviéramos la oportunidad. En ese entonces tocaba batería (mi instrumento favorito). Así, mi hermano y yo fuimos creciendo y nos dimos cuenta que la música que mi papá nos hacía escuchar todas las mañanas no era tan mala como la catalogábamos. A los 13 años empecé una nueva etapa en mi vida que podría llamar “Introducción al Hippismo”: Mochilas, botones y manillas artesanales, sumados al carácter incomprendido propio de la pubertad, la rebeldía y esa ola tan bogotana de escuchar Rock Argentino.

Si bien el hippismo proviene de Estados Unidos, en mi caso y en el de muchos otros de mi generación hizo una pequeña escala en Argentina y rebotó en Colombia. Conocí primero a Serú Girán, Sui Géneris, Fito Páez y Charly García que a Mamas and the Papas, Jefferson Airplane o Jimi Hendrix. La facilidad del idioma y las canciones sociales alimentaban ese espíritu con hambre de nuevas cosas, de nuevos sonidos; fue en aquella época que empecé a tocar guitarra y a cantar. Mi intención nunca fue cantar ni tocar guitarra por aparte, fue algo que sucedió naturalmente y son dos cosas que van de la mano desde entonces.

Mis escenarios eran muy reducidos, tocaba muy de vez en cuando en esas ocasiones típicas en la vida de un adolescente bogotano como fiestas malas, chimeneas, reuniones familiares, bazares o izadas de bandera. El tiempo fue pasando, pero siempre mantuve vivas las ganas de descubrir nuevas bandas y nuevos sonidos, sin imponerme barreras. Cantaba y pasaba horas encerrado en mi cuarto tocando, repitiendo una y otra vez las mismas canciones obstinado a que sonaran igual al disco. No me afanaba por hacer una interpretación propia, sino por hacer una réplica exacta de la canción.

Cuando terminé el colegio mi plan era estudiar alguna carrera que no estuviera relacionada con la música, pero que tampoco me alejara demasiado de ella. De este modo y sin pensarlo mucho elegí comunicación social.

Algo que no he mencionado anteriormente es que fui pésimo estudiante. Perdí 2 años, curiosamente Tercero de Primaria y Sexto de Bachillerato. En otros años que también pude haber perdido me perdonaban por el hecho de tocar en las misas. En la Universidad no fue la excepción. Con un triste promedio de 3.4 duré 5 semestres, mamando gallo y mandando a hacer los trabajos. Fue durante mi vida universitaria que empecé a trabajar en lo que en Colombia llamamos la “chisga”, que no es más que tocar covers en bares. Con esto lograba pagar mis gastos personales.

A mis 21 años llegó un rumor a mis oídos: El reconocido productor Julio Reyes Copello, el mejor amigo de mi tío Diego Vega durante el Colegio y la Universidad, estaba buscando nuevos talentos Colombianos!. Con una mano adelante y la otra atrás decidí arriesgarme y enviar un demo con 3 canciones, que incluía “11 y 6” de Fito Páez, una canción con una pésima pronunciación del inglés de John Legend que se llama “Ordinary People”, y una canción de mi autoría que no era más que un plagio de “Debajo de la Almohada” de José Miguel Diez. Pedimos una buena guitarra para grabarlo en un estudio y con la ayuda de mi papá, que me acompañó, lo enviamos a Miami sin muchas expectativas. A los 15 días tuve respuesta de Julio quien me dijo que le había encantado lo que le había enviado y que empezáramos a trabajar en un álbum en Miami.

De ahí en adelante mi vida cambió, se me abrió un universo de posibilidades con la aparición de Julio porque además de viajar numerosas veces a su estudio en Miami, empecé a tener acceso como compositor, arreglista y guitarrista a los proyectos en los que él estaba trabajando. También descubrí en él un amigo y un Maestro con el que realmente podía contar para todo. Me comunicaba todo su conocimiento y experiencia en la música con total generosidad. De esta manera, empezamos la búsqueda de mi sonido pensando en los vacíos y la necesidades del mercado Pop Mainstream hispano, pero cuando terminamos de escribir y producir las primeras diez canciones sentimos que había algo que no nos terminaba de convencer. Julio me dijo que si no me sentía completamente identificado con el material mejor no lo sacáramos, porque si no me iba dedicar el resto de mi vida a pedir disculpas. Me dijo que si uno iba a sacar la cabeza para decir “aquí estoy” era mejor estar enamorado del resultado porque era yo quien iba a tener que defenderlo.

Ante la inseguridad y la incertidumbre Julio tuvo la objetividad de echar para atrás el proyecto entero y tomarnos el tiempo que fuera necesario, impulsándome a explorar con absoluta libertad y sin la necesidad de complacer el gusto de nadie ni de llenar las expectativas de nadie. Me enseñó a confiar en mi intuición y es así como nació ‘Nada Personal’.

De la primera etapa del álbum solo sobrevivieron las canciones “Despedida” y “Hace una hora”, canción que co-escribí con Julio en un bonito y efusivo momento en su estudio. Después vinieron las canciones “Y deja”, que no es otra cosa que mi manifiesto acerca del amor. “Desde que tu no estás”, “Todo habla de ti” y “Ya no puedo estar lejos de ti” que las escribí para mi banda desde entonces (The Pancake Soul Band), conformada por mis amigos Mateo Lewis, Andrés Rebellón, Andrés Torres, Juan Sebastian Atehortúa y Jairo Barrera. Aquí le rendíamos homenaje al Motown y al sonido viejo que nos fascinaba. Para la segunda y última etapa de ‘Nada Personal’ nacieron canciones un poco más claras cuyo proceso de creación fue más sencillo y espontáneo gracias a toda la experiencia y el aprendizaje adquiridos durante la primera aproximación. Estas canciones fueron “Cuando te tengo cerca” que originalmente no se iba a incluir en el disco por el temor a perder homogeneidad, “Ahora que vas a dejarme” con un sonido más fuerte por las guitarras Rockabilly, “Mansong” que trae un sonido acústico muy crudo, “Respira” escrita durante una crisis emocional, “Nada personal” y “No paremos de bailar”, quienes cerraron el proceso creativo.

Si algo puedo decir de todo esto es que he disfrutado tener libertad total en el momento de crear y que este álbum es el resultado del trabajo de muchos artistas y amigos que ocupan un lugar muy especial en mi vida.

– JPV